La grandeza de un luchador – Miguel Ángel Tapia

José Luis fue un tipo valiente, jamás se arrugaba ante las adversidades. Ser profeta en tu tierra no es fácil, más bien es una misión que casi siempre tiene un final amargo. Pero él lo consiguió. Y con mucho esfuerzo. 1999 fue el punto de inflexión en su carrera. Decidió emprender una aventura arriesgada que a posteriori resultó ser decisiva en su fructífera etapa como entrenador de baloncesto. En Wake Forest saboreó el auténtico espíritu universitario. Desde que pisó el parqué de aquella universidad ubicada en Carolina del Norte, Pepelu se sintió como en casa. El técnico Dave Odom le hizo partícipe de todos los sistemas tácticos, tanto defensivos como ofensivos, y el trato humano de todos los integrantes de los Deamon Deacons fue excelente. Sin duda, fue una experiencia enriquecedora que llegó a reportarle muchos éxitos deportivos. Un sueño hecho realidad.

Pero fue en la LEB donde forjó su destino. Bilbao, Breogán e Inca crecieron deportivamente con él en el banquillo. En la categoría de plata mostró todas sus virtudes. Un entrenador exigente y con una capacidad de trabajo encomiable. Logró con mucho esfuerzo hacerse un hueco en una categoría con escaso reconocimiento y con estructuras económicas, en su mayoría, paupérrimas. Reynaldo Benito le ofreció la posibilidad de volver a su ciudad natal para afrontar uno de los retos mayúsculos y apasionantes de su trayectoria. Y no era otro que situar al club de sus amores entre la élite del baloncesto español, en la mismísima ACB, es decir, en la mejor competición de Europa. Durante un lustro, los aficionados al deporte de la canasta recuperamos muchas sensaciones que perdimos hace muchísimos años. La ilusión y la pasión por este deporte volvieron a ser parte de nuestra actividad diaria. Y nuestro eterno “coach”, junto con su amigo Willy Villar, permitieron que pudiéramos sonreír cada fin de semana con hazañas que perdurarán en nuestra memoria durante el resto de nuestras vidas.

José Luis es un referente en una ciudad que respira baloncesto en cada uno de sus rincones. Un hombre que convirtió en profesión lo que fue su verdadera vocación. Discípulo de Pedro Enériz en el mítico Club Baloncesto Zaragoza, y diseñado por el inigualable José Luis Rubio, el “míster” afrontó todo tipo de obstáculos con naturalidad. Sin alzar la voz. Siempre desde la más absoluta discreción. Con etapas de claros y oscuros, pero con la determinación de moldear una carrera en un deporte con gran tradición en la capital aragonesa. Aquí fue donde puso la semilla para que se gestara un irrepetible grupo de jugadores a principios de los años 80 con dos campeonatos de España júnior y un subcampeonato. Tres décadas después ha obtenido el reconocimiento de varias generaciones y ha recibido el aplauso de todos sus “colegas” de profesión.

Hace exactamente un año realizó un viaje sin retorno para seguir impartiendo lecciones magistrales en un lugar que, seguramente, será muy especial. Aquí, en su tierra, seguimos adorándole, sobre todo por hacernos felices en una época en que la crisis nos está golpeando con fuerza. Aun así, seguimos levantándonos para poder alcanzar algún día nuestros sueños, los mismos que consiguió, con tesón, Pepelu.