Las pequeñas cosas – Raquel Machín – Periódico de Aragón

La ausencia de alguien que ha formado parte de tu vida de una u otra manera suele notarse en las cosas pequeñas. Todavía se me hace raro no ver bajar a José Luis por las escaleras del pabellón después de su trabajo en el despacho, no verle acercarse al corrillo de periodistas para hacer alguna broma, no oir sus gritos en un entrenamiento o en un tiempo muerto pidiendo más defensa a sus jugadores…
Hablar bien de alguien que ya no está es fácil y costumbre generalizada. Así que sería muy sencillo decir que de la mano de José Luis el CAI por fin fue lo que siempre había querido ser, que contribuyó decisivamente a que Zaragoza volviera a emocionarse con el baloncesto y que todo lo hizo desde la normalidad, sin dejar de ser él mismo. Decirlo, y más ahora, es fácil. El mérito está en hacer coincidir las palabras y la realidad.
Por eso, más allá de virtudes personales o profesionales que puedan verse magnificadas después de su doloroso final, el mejor legado de Abós, el más universal, es el ejemplo de cómo una persona es capaz de dirigir y gobernar su propio destino si así se lo propone, de cómo son la voluntad y el deseo los que dictan nuestras vidas. José Luis Abós fue un apasionado del baloncesto que siempre quiso ser entrenador, desde que intuyó que no llegaría a jugador profesional. Se preparó a conciencia, empezó desde abajo, observó a los mejores, estudió cuantos libros pudo conseguir, viajó al otro lado del Atlántico, dejó un trabajo estable para hacer de su pasión una profesión y, pese a todo y todos, consiguió hacerse su propio camino para llegar donde quiso. Solo por eso debería ser tarea común lograr que su figura trascendiese, que su ejemplo estuviera siempre presente, que su recuerdo fuera un homenaje continuo.
A los pies de la mítica grada The Kop, en Anfield, se levanta una estatua modesta de Bill Shankly, el legendario entrenador que inició la leyenda del Liverpool. El técnico está representado con su traje, bufanda al cuello y los puños en alto en señal de triunfo. En el pedestal solo se leen cuatro palabras: He made people happy. Hizo feliz a la gente. Ni más ni menos. Un homenaje tiene poco que ver con la procedencia, más bien con la pertenencia, o con un debate sobre el currículum, los valores no se contabilizan como los títulos. Un homenaje puede tener forma de estatua o de pabellón pero es una cuestión de fondo, de sensibilidad sobre todo, de justicia incluso. Pasarán los años y al recordar a José Luis nos seguirán viniendo a la cabeza las imágenes del ascenso, del triunfo en el Palau, del playoff ante el Valencia… instantes que volverán a dibujarnos una sonrisa porque gracias a él fuimos un poco más felices. Pasarán los años y seguiré esperando verle bajar por las escaleras del pabellón para preparar el próximo partido.