Lo Normal Pepelu – Puerta Atras

Las semanas eran muy largas. Había que sacarse una página del CAI Zaragoza  de debajo de los ingenios. Con previas, crónicas y análisis posteriores al partido y la pastosa entrevista semanal tenías hecho la mitad del recorrido. Siempre quedaban un par de jornadas en blanco y había que añadir tinta a este vacío al que muchas veces saltabas sin red tras hacer alguna pirueta mortal en forma de reportaje infumable.

Respiraba tranquilo cuando miraba el calendario y veía la palabra Inca. Sabía que el lunes o el martes tenía el trabajo hecho. Levantaba el teléfono y llamaba a Pepelu. Siempre teníamos el mismo código. ‘Hola José Luis. Soy Sergio, ¿soy el primero en llamarte?’ Era la misma broma año a año, temporada a temporada, entrevista a entrevista. La charla transcurría siempre amable, coloquial, entre algún recuerdo y alguna broma. Lo normal. Y con tanto perro verde o entrenador de corto recorrido que paso en esa penosa etapa LEB por nuestro club, ‘lo normal’ era lo raro. Por eso al colgar siempre me quedaba la misma reflexión: “Por qué este señor no está en el banquillo del CAI Zaragoza”. E incluso en alguna ocasión no pude ocultarle mi opinión.

Todos sabéis que al final terminó cumpliéndose mi deseo. José Luis volvió a casa y lo hizo para triunfar, algo que muy pocos hubieran firmado al conocerse su fichaje. A mi ya me pilló fuera de la barrera, maldiciendo mi mala suerte. Nuestros caminos se cruzaron. Pero no por eso se desenredaron nuestras vidas siempre atrapadas en una canasta o en un recoveco de los pabellones ACB. Tuve la suerte de estar presente en varias Copas del Rey y en la eliminatoria por las semifinales ante el Madrid a las que el CAI llegó porque Jose Luis lo guió hasta allí. “Me he tenido que ir yo y llegar tú para que esto empezara a ir bien”, bromeaba siempre con él. En cada ocasión, orgulloso, siempre bajaba a la rueda de prensa para saludarle y cruzar unas palabras. Lo normal, vamos.

La última vez que coincidimos fue en la Gala Gigantes 2014. Él recibía el premio como mejor entrenador. Rodeados de su inseparable Willy Villar, Reynaldo Benito, Vidaurreta y los hermanos Angulo, maños ilustres, fantaseamos con hacer una selección aragonesa de veteranos y hacer una gira por Japón. Nadie podíamos imaginar que en ese momento, en la cúspide de su carrera, estaba luchando una batalla contra el cáncer.

Unas semanas después estaba en una terraza de mi barrio, en el Arrabal. Cervezas tras una pachanga veraniega. Un veterano había vuelto a la ciudad desde Levante y apuraba la segunda jarra. Charrando como amigos eternos tras habernos zurrado en la zona, empieza a contarme la razón de su regreso: esa tarde tiene cena con sus compañeros, con los que ganó el campeonato de España junior con el CBZ. José Luis Abós era el entrenador y estaría presidiendo esa noche la mesa. De sus palabras entendí que no conocía la delicada situación de Pepelu y no quise desvelar el detalle que a mi me acababan de confesar en rigurosa confidencialidad. En la charleta me contó como esa temporada, que terminó en gloria gracias a un partidazo final del base Joaquín Ruiz Lorente, estuvieron a punto de cortar a Abós porque decían que era muy joven para llevar a ese equipo. ‘Éramos un grupo de chavales y él apenas nos llevaba un par de años. Pero le respetábamos. Remontamos un partido que era clave para ganar el torneo regional y le dieron continuidad hasta el final’, me confesaba el arrabalero.

¿Qué hubiera pasado si esos chicos pierden ese partido? ¿Hubiera vuelto Abós su puesto de la General Motors y dejado su anhelo de entrenar? ¿Hubiera seguido naufragando el CAI por la LEB sin él? El pensamiento golpeó mi conciencia una y otra vez durante unos días como juguetea el destino con nuestras vidas, dando giros imprevistos, avanzando y retrocediendo sin saber en muchas ocasiones cual es la dirección correcta empujada por la fortuna. Pero mis reflexiones llegaron a un puerto. Quizá Pepelu logró lo que para muchos parecía inalcanzable, triunfar en su tierra, devolver a Zaragoza al lugar del básket que merece, cumplir su sueño… porque era normal y actuaba como tal, como una persona normal. Extraordinariamente normal. Y por eso es normal que sea imposible olvidarte.