Pepelu, el baloncesto y los amigos por Mario Ornat

En su casa de Mallorca, Pepelu servía una sobrasada cojonuda. Y tal vez este recuerdo debería terminar aquí, con esa sola frase. Porque, si seguimos adelante, es probable que caigamos en la tentación de hacer literatura o ponernos demasiado elegíacos. De modo que cada vez que eso ocurra volveremos a pensar en la sobrasada que Pepelu puso aquel mediodía sobre la mesa, y que atacamos con cuchillos porque no teníamos lanzas. Si recordamos aquel largo fin de semana fue porque resultó tan memorable que parece inventado. La primera noche conocimos a Juan de la Cruz. Sí, el Lagarto, el de la media vuelta y tirito desde el poste bajo; para agrandarlo le recordamos la pelota que le arrebató a Sabonis en la final de la Recopa del 83 entre el Barça y el Zalgiris en Grenoble, y que sería la del triunfo azulgrana: “Cheeeee, ¡lo maté a Sabonis aquella noche!”, se emocionó él. Luego nos cruzamos en una discoteca con Dinio, aún disfrutando de su gran momento de fama protoporno. Más tarde, en la grada de Son Moix se nos presentó, como una aparición, Hunter Davies –biógrafo oficial de los Beatles- y le contamos alguna historia que luego incluiría en un libro. Y cualquiera de esos mediodías, por fin, probamos la sobrasada de Pepelu. Sobre todo.

No hay mayor celebración que una comida y con José Luis compartimos, como tanta gente, el baloncesto y algunos amigos. Primera y principalmente José Antonio Artigas –director general del Inca el día de la sobrasada, antes y después compañero y camarada- y por supuesto Joaquín Ruiz. Con Joaquín nos conocemos desde el minibasket en el colegio. No hace falta entrar en más detalles. Esas cosas tan simples –conocerse en una ciudad como Zaragoza, alrededor de la canasta- tejieron con el tiempo una maraña imposible de desenredar, que iba de las canchas a los amigos, pasando por los periódicos. Y que atravesaba tres décadas en las que lo mismo aparecían Quino Salvo y Pepelu dirigiendo a las categorías inferiores del CN Helios, que el baloncesto pequeño en los Maristas, entrenamientos adolescentes a la orden enérgica de Pedro Enériz, los junior de Abós con Joaquín de base y la llegada de los dos al CAI cuando yo seguía como periodista al equipo: Joaquín al mando de Manel Comas; Pepelu como segundo de Mario Pesquera antes, y de Alfred Julbe después… Todos esos nombres son hebras de tan interminable madeja.
Todos estos círculos concéntricos convergieron el día que Gigantes del Basket me propuso explicar en un artículo el milagro de la clasificación del CAI para la Copa del Rey de 2013. Era un modo de celebrar la vuelta a la élite del viejo CAI, pero la primera paradoja consistía en explicar que éste ya no era aquel CAI orgulloso de José Luis Rubio y los hermanos Arcega; que se llamaban igual pero no eran lo mismo; y que entre la desaparición de aquel club y el nacimiento de este otro se había producido un hiato de siete años (de 1996 al 2003), un desierto de orfandad que Zaragoza transitó ansiosa, aguardando a que alguien se inventara la resurrección.

Así que me dispuse a explicar un club que tenía a Pepelu de entrenador, a Joaquín Ruiz de segundo, a Pedro Enériz como gerente y a José Antonio Artigas de consultor. Y, como director deportivo, a Willy Villar, otro de los días de Inca y la sobrasada. Aquello parecía una conspiración de mi memoria. Los entrevisté a todos para explicar el éxito. Pero lo que más ganas tenía de saber era si también José Luis se había preguntado lo que yo, con suma extrañeza, me cuestionaba durante años: ¿Cómo podía ser que en medio de tanta turbulencia, de cambios directivos, norias en los despachos, relevos en los banquillos, subidas y bajadas de la LEB a la ACB… nadie hubiera puesto en el banquillo a Pepelu? ¿No era la solución más natural? Cuando se lo dije, Abós se quedó pensando unos segundos, luego compuso una sonrisa así como de si-sabes-tú-la-respuesta-dímela, y al final confesó: “La verdad es que en algún momento pensé que jamás entrenaría al CAI”.
Que por fin lo hiciera nos parecía, a muchos, un acto de justicia casi poética. O sea, la puta lógica… por decirlo en román paladino. Ponerlo era tan obvio… Luego ya vendría la competición a juzgarlo, como a cualquier otro. Así fue. Pero resultó que, después de todo, Abós ganó la apuesta (“entrenar en Zaragoza era el mayor reto de mi vida”, diría él), subió al CAI a la ACB, lo llevó a la Copa del Rey y lo hizo tercero de la liga. O sea, que le devolvió a su ciudad una parte proporcional muy apreciable del viejo orgullo que aquí siempre tuvimos por el baloncesto.
Que las nuevas generaciones lo hayan elegido como referente, que el pabellón vaya a llevar su nombre, que se le homenajee de este modo… nada de eso debería interpretarse como menoscabo o falta de memoria, despectiva con todos aquéllos que lo precedieron, llegaron tanto o más alto y contribuyeron a que el baloncesto sea lo que es en Zaragoza. Las circunstancias han magnificado la figura de José Luis: la añoranza de años sin baloncesto, la incertidumbre, los últimos años de triunfos; y, claro, el cruel desenlace de una dramática derrota que ya no podemos invertir. Pero José Luis estaba ahí desde mucho antes de regresar al CAI. Así que éste es un homenaje justo en cualquier caso. Primero porque Pepelu se lo ganó, desde luego, siendo un entrenador con mayúsculas desde los veintipocos; y también, y sobre todo, porque su larguísima trayectoria recoge y encarna el baloncesto entero de Zaragoza, con sus innumerables figuras. Intentar separarlo resulta inútil. La de Abós y el baloncesto de esta ciudad es una maraña imposible de desenredar.