Tres para uno por Alex Cebrian

Dicen que el respeto se gana, la honestidad se aprecia y la confianza se adquiere… José Luis, dedicó su vida a su pasión, tomó riesgos en el camino y saboreó el éxito.

Hasta aquí podría ser una historia como muchas otras, si no fuera porque lo mejor estaba por venir: porque estaba preparado para cotas más altas y porque, en mi opinión, había alcanzado el nivel para dar el salto definitivo a los equipos más grandes. El final llegó demasiado pronto. Es injusto. Sería una historia más del que consigue ser profeta en su tierra, si no reparáramos en los valores que lo hicieron posible. No sólo fue el trabajo, el esfuerzo, la formación y la determinación. Recordando mis conversaciones con él, siempre me viene a la mente su capacidad de síntesis, de organizar lo disperso, de simplificar una situación táctica, de su sentido común.

En un deporte, en el que últimamente parece que los conceptos del baloncesto se acercan más a lo místico que a lo disidente, José Luis aplicaba la lógica de lo que era él en sí mismo. La sencillez. Nunca le vi refugiarse, en cuerdas o tendencias, o hacer acopio de protagonismo alguno; simplemente, fue escribiendo su propio camino, escondiendo sus dudas y mostrando templanza.

Dirigiendo siempre me pareció prudente y seguro. Su crecimiento se gestó lento, sobre raíces fijadas en la humildad, de aquel que no olvida su historia, la que una vez le brindó la oportunidad de rozar el cielo, para aterrizarlo al suelo y empezar otra vez de cero. Y finalmente, en la persistencia encontró su sueño, aunque la vida lo despertó con poca tregua para disfrutarlo. Envidié la forma en que conseguía que jugaran sus equipos. Era un entrenador que necesitaba tiempo para madurarlos, logrando dos cosas que siempre resultan muy difíciles de conseguir:

La primera es que los mejoraba, los subía de nivel. La segunda, que lo conseguía logrando equilibrio en su juego, en ataque y en defensa. No exageraban la intensidad defensiva, pero siempre estaban ordenados, tenían intuición para el momento de cambio de defensas, pero no abusaban… Y entonces sorprendían. Como entrenador, nunca le vi intención de que su impronta estuviera por encima del juego. Predominaba el pase y la generosidad sobre las individualidades, pero sus talentos conseguían espacio de lucimiento y siempre apreciaba su facilidad para conseguir buenas situaciones para tiradores. Como le dije una vez: “José Luis, cuando tus equipos juegan bien, juegan muy bien.”

Las veces que le vi entrenar huía de lo clínico, no lo hacía “para la galería”, más bien tendía a lo metódico, a lo práctico. Su buen hacer, como tantas otras veces, no se escondía en el qué, sino que habitaba en el cómo. Con la misma valentía que asaltó el Palau, vivió su vida y despidió su muerte: difícilmente escucharé algo que me impacte tanto como su última carta.

Dicen que el respeto se gana, la honestidad se aprecia y la confianza se adquiere… Lo que seguramente olvidan es que, en ocasiones, es necesario lograrlo tres veces para que se reconozca una.

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